jueves, 1 de diciembre de 2011

La otra milla de oro


alberto gordo
De espaldas al bullicioso mercado de San Miguel, ajena al trasiego de turistas y ociosos, se encuentra la botica donde María luisa de Saboya, primera esposa de Felipe V, compraba sus ungüentos. la antigua Farmacia de la Reina Madre, de 1576, es un minúsculo espacio forrado de madera y vasijas, cuya idoneidad para albergar una farmacia -o cualquier otro comercio- deja serias dudas. Pero no importa. Si las sombrererías, guanterías, abaniquerías y el resto de comercios decimonónicos de los alrededores del Kilómetro Cero se hubiesen rendido al pragmatismo o las modas, claudicado, en fin, a eso que algunos llaman la dictadura del dinero, el atropello por el tiempo habría sido aún mayor. la Guerra Civil, que sembró Madrid de caos y b omb a s , a c a b ó c on muchos de estos negocios. Otros sobrevivieron, y ahí siguen en forma de emblemas. Casa Diego (1823), la mítica tienda de abanicos de la esquina de Montera con Sol, hubo de resurgir de sus ruinas tras el paréntesis del conf licto. los dueños, la familia lleraldi, aún hoy al otro lado del mostrador, se resisten a abandonar. "Trabajo y tesón. Es la única manera", dice el sonriente arturo lleraldi, bajo un retrato de su abuela. Su tono esconde cierto estoicismo. Son negocios complicados, muy especializados y cuyos dueños alientan con altas dosis de optimismo. "Hay altibajos, como en todo. Pero aguantamos. Mi deseo es que mis hijos continúen", resume el empresario. El mismo sueño tiene arturo Hernanz, un hombre de otro siglo. Sólo las trazas de sus clientes delatan el año que corre. En su alpargatería de la calle Toledo (1845) aún se corta con tijera y se mide con metro; la única máquina, escondida en un caótico sótano atestado de alpargatas de todos los colores, data de mediados del siglo pasado. "las cosas han cambiado mucho, pero siempre ha habido un Hernanz que siga", dice el último de la estirpe, un superviviente cuyo proyecto vital pasó por la Facultad de Económicas antes de recalar definitivamente en el negocio familiar. aunque para periplo, el de la sombrerería Casa Yustas (1886), en la plaza Mayor, ahora propiedad de los dueños del Gato Negro (1919), la familia Corazón. allí es habitual ver a turistas salir con grandes sombreros, creyéndose personajes de Pérez-Reverte pero sin gregüescos. "Es una prenda que ha vivido malos tiempos [el sombrero], pero la gente va perdiendo la vergüenza", comenta Mario Corazón. Bajo la tienda, serpenteando en las profundidades de la plaza, se abren catacumbas que los nuevos dueños -compraron Yustas en 1996- están acondicionando como exposición. Un Don Quijote en tamaño natural o una vidriera con la imagen de Carlos III cazando, tal y como lo plasmó Goya, son algunos de los reclamos visuales de este gran bazar de souvenirs. El local se comunica con la calle de la Sal, y sale justo frente a los murales de Mingote. Guantes luque (1886) tiene sin duda algo de obsesivo. a derecha e izquierda, bajo los mostradores y en el suelo: miles de guantes y la imagen r e c u r r e nt e de R i t a Hayworth en Gilda. Álvaro Ruiz, el joven representante de la cuarta y última generación que se ha hecho cargo del negocio, un nativo digital, no tiene ni ordenador. Sólo un teléfono para atender los pedidos. "¿Nuestro secreto? Que tenemos de todo y todo artesanal", comenta. la misma clave del éxito que Capas Seseña (1901), cuyos mantos pasearon por todo el mundo Picasso, Cela (recogió el Nobel con una de sus capas), alfonso XIII, Hillary Clinton y hasta el malogrado Michael Jackson. lola Yanas y Carmen Fábregas, dependienta y confeccionadora, reivindican la elegancia de esta prenda nada anacrónica mientras explican amablemente cómo llega uno a parecerse, a partir de un trozo de tela y tras varios cortes precisos, al mismísimo D'artagnan. Alberto Gordo. Madrid Muchos de los establecimientos de la zona de Sol y plaza Mayor subsisten desde hace siglos Hay sombrererías, abaniquerías y hasta una farmacia de 1576 donde compraba la esposa de Felipe V las capas de Seseña eran las preferidas de Picasso y Cela - reportAje Guantes y capas coMercios centenArios
De espaldas al bullicioso mercado de San Miguel, ajena al trasiego de turistas y ociosos, se encuentra la botica donde María Luisa de Saboya, primera esposa de Felipe V, compraba sus ungüentos. la Antigua Farmacia de la Reina Madre, de 1576, es un minúsculo espacio forrado de madera y vasijas, cuya idoneidad para albergar una farmacia -o cualquier otro comercio- deja serias dudas. Pero no importa.

Si las sombrererías, guanterías, abaniquerías y el resto de comercios decimonónicos de los alrededores del Kilómetro Cero se hubiesen rendido al pragmatismo o las modas, claudicado, en fin, a eso que algunos llaman la dictadura del dinero, el atropello por el tiempo habría sido aún mayor. la Guerra Civil, que sembró Madrid de caos y b ombas, acabó con muchos de estos negocios. Otros sobrevivieron, y ahí siguen en forma de emblemas. Casa Diego (1823), la mítica tienda de abanicos de la esquina de Montera con Sol, hubo de resurgir de sus ruinas tras el paréntesis del conflicto. Los dueños, la familia lleraldi, aún hoy al otro lado del mostrador, se resisten a abandonar. "Trabajo y tesón. Es la única manera", dice el sonriente Arturo Lleraldi, bajo un retrato de su abuela. Su tono esconde cierto estoicismo. Son negocios complicados, muy especializados y cuyos dueños alientan con altas dosis de optimismo. "Hay altibajos, como en todo. Pero aguantamos. Mi deseo es que mis hijos continúen", resume el empresario.
El mismo sueño tiene Arturo Hernanz, un hombre de otro siglo. Sólo las trazas de sus clientes delatan el año que corre. En su alpargatería de la calle Toledo (1845) aún se corta con tijera y se mide con metro; la única máquina, escondida en un caótico sótano atestado de alpargatas de todos los colores, data de mediados del siglo pasado. "Las cosas han cambiado mucho, pero siempre ha habido un Hernanz que siga", dice el último de la estirpe, un superviviente cuyo proyecto vital pasó por la Facultad de Económicas antes de recalar definitivamente en el negocio familiar.
Aunque para periplo, el de la sombrerería Casa Yustas (1886), en la plaza Mayor, ahora propiedad de los dueños del Gato Negro (1919), la familia Corazón. Allí es habitual ver a turistas salir con grandes sombreros, creyéndose personajes de Pérez-Reverte pero sin gregüescos. "Es una prenda que ha vivido malos tiempos [el sombrero], pero la gente va perdiendo la vergüenza", comenta Mario Corazón.
Bajo la tienda, serpenteando en las profundidades de la plaza, se abren catacumbas que los nuevos dueños -compraron Yustas en 1996- están acondicionando como exposición. Un Don Quijote en tamaño natural o una vidriera con la imagen de Carlos III cazando, tal y como lo plasmó Goya, son algunos de los reclamos visuales de este gran bazar de souvenirs. El local se comunica con la calle de la Sal, y sale justo frente a los murales de Mingote.
Guantes Luque (1886) tiene sin duda algo de obsesivo. a derecha e izquierda, bajo los mostradores y en el suelo: miles de guantes y la imagen recurrente de Rita Hayworth en Gilda. Álvaro Ruiz, el joven representante de la cuarta y última generación que se ha hecho cargo del negocio, un nativo digital, no tiene ni ordenador. Sólo un teléfono para atender los pedidos. "¿Nuestro secreto? Que tenemos de todo y todo artesanal", comenta. La misma clave del éxito que Capas Seseña (1901), cuyos mantos pasearon por todo el mundo Picasso, Cela (recogió el Nobel con una de sus capas), Alfonso XIII, Hillary Clinton y hasta el malogrado Michael Jackson. Lola Yanas y Carmen Fábregas, dependienta y confeccionadora, reivindican la elegancia de esta prenda nada anacrónica mientras explican amablemente cómo llega uno a parecerse, a partir de un trozo de tela y tras varios cortes precisos, al mismísimo D'Artagnan.

Publicado en La Gaceta el 29/10/2011

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