jueves, 1 de diciembre de 2011

El asalto chino a la tortilla de patata


alberto gordo
Tres jóvenes de unos 25 años entran en el bar, se acercan a la barra y piden dos bocadillos de lomo y un plato de tallarines con gambas. "¿Para beber?", pregunta la camarera. "Pues... jarras, ¿no?". la cortesía de la sonriente Elena -Qun Qun para sus paisanos- es de agradecer en los castizos dominios del pincho de tortilla. Sin borrar la sonrisa de su cara, cuenta que trabaja en su negocio de 7.30 de la mañana a 00.30 de la noche, todos los días de la semana. la historia de su familia reúne todos los tópicos posibles sobre los orientales y contornea el estereotipo: su padre llegó a España hace 10 años, trabajó y ahorró como una hormiga estajanovista y ahora posee un restaurante en la zona de Moncloa. Tres semanas atrás, prestó el dinero a su hija de 23 años -el crédito se ha secado en los bancos, no en los canales familiares de los que se alimenta la población oriental- para que abriera su propio negocio: el bar Tejedor, un local de los de mugre y palillo devenido, gracias a ellos, en una suerte de China-fusión. Estéticamente es como los bares de siempre: barra metálica, expositor, embutido y pincho de tortilla. Pero para cenar, además del tapeo de batalla, uno se puede tomar un arroz frito tres delicias. El ambiente acogedor y familiar del Tejedor contrasta con el bullicio de la Parada -o La Palada, como aparece escrito, no sin ironía, en platos y servilletas-, quizás el bar futbolero por excelencia en la zona de Suanzes. la clientela es variada: desde el anciano desorientado que pretende, estirando el cuello y desconfiando de su capacidad para hacerse entender, ("u-na ca-ña"), hasta el macarra de gimnasio que rebaja su nivel de educación mientras crece su recelo hacia los nuevos propietarios. Francisco, uno de los camareros españoles que trabajan para Chao lin, dice entre risas que "hay que saberlos llevar". Y apuntilla poniéndose serio: "Pero son legales. Y buenos pagadores, que hoy en día es lo que cuenta". Chao lin, la empresaria, rechaza a la Prensa como el que reniega de los vendedores de enciclopedias: "No interesa, lo siento. la imagen que dais es muy rara". Y repite esto último varias veces. los hay que dicen que este será su milenio, que aguarda un imperio que sucederá al romano y al americano, una era en la que las cosas se pedirán por favor y todos trabajaremos 20 horas al día, apartando cuatro o cinco para el descanso. Con estas premisas, ¿merece la pena competir con ellos? "Es más serio de lo que parece", dice un comerciante cuyo negocio se encuentra apenas a unos metros de uno de estos bares en la calle Toledo. "Hay que regular esto o hacer cumplir la ley en cuanto a horarios, porque si no, es imposible sobrevivir a su ritmo", opina. Pero lo cierto es que ellos sobreviven, y son humanos. "la legislación permite a los locales permanecer abiertos los 365 días al año, así que mientras cumplan la ley, aunque sea la misma persona la que hace las 16 horas, no se puede hacer nada", comenta Mayte Uceda, de Hostelería de CC OO. Marga Míguez, de la asociación de Hosteleros de Madrid, alude a otro tipo de eficiencia. "Ellos buscan los negocios que van bien y pagan al contado, es su forma de hacer las cosas, tan legítima como cualquier otra", sentencia. alrededor de un 30% de los 30.000 bares de la región no tienen trabajadores, son negocios cuyos dueños se explotan a sí mismos de sol a sol y sin días libres, el escenario perfecto para el colectivo oriental. "Con la crisis, muchos microempresarios están atrapados en negocios ruinosos. Es entonces cuando aparecen los chinos y los compran", comenta José luis Guerra, adjunto a la Presidencia de la asociación Española de Hosteleros, quien añade que este fenómeno comenzó en Barcelona hace un lustro. En el bar de Elena ya está lista la tortilla, un perfecto círculo amarillo que podría simbolizar el sol que renace en Oriente y que ya ha llegado hasta nosotros, representando el ocaso de Occidente. Uno de los cocineros sale con una de calamares y pone la fuente sobre la mesa. a nuestro lado, por si queremos otra cerveza, aguarda la dueña, con el mismo gesto abnegado que ofrecen sus compatriotas al aguantar a los borrachos que van al chino a por hielo cada fin de semana. Alberto Gordo. Madrid la crisis económica espolea la compra de bares españoles por parte de asiáticos a fusionar su comida con la nacional algunos incluso se atreven El crédito sigue fluyendo en los canales familiares que ellos utilizan - -
Tres jóvenes de unos 25 años entran en el bar, se acercan a la barra y piden dos bocadillos de lomo y un plato de tallarines con gambas. "¿Para beber?", pregunta la camarera. "Pues... jarras, ¿no?". La cortesía de la sonriente Elena -Qun Qun para sus paisanos- es de agradecer en los castizos dominios del pincho de tortilla. Sin borrar la sonrisa de su cara, cuenta que trabaja en su negocio de 7.30 de la mañana a 00.30 de la noche, todos los días de la semana. La historia de su familia reúne todos los tópicos posibles sobre los orientales y contornea el estereotipo: su padre llegó a España hace 10 años, trabajó y ahorró como una hormiga estajanovista y ahora posee un restaurante en la zona de Moncloa.

Tres semanas atrás, prestó el dinero a su hija de 23 años -el crédito se ha secado en los bancos, no en los canales familiares de los que se alimenta la población oriental- para que abriera su propio negocio: el bar Tejedor, un local de los de mugre y palillo devenido, gracias a ellos, en una suerte de China-fusión. Estéticamente es como los bares de siempre: barra metálica, expositor, embutido y pincho de tortilla. Pero para cenar, además del tapeo de batalla, uno se puede tomar un arroz frito tres delicias.
El ambiente acogedor y familiar del Tejedor contrasta con el bullicio de La Parada -o La Palada, como aparece escrito, no sin ironía, en platos y servilletas-, quizás el bar futbolero por excelencia en la zona de Suanzes. la clientela es variada: desde el anciano desorientado que pretende, estirando el cuello y desconfiando de su capacidad para hacerse entender, "u-na ca-ña", hasta el macarra de gimnasio que rebaja su nivel de educación mientras crece su recelo hacia los nuevos propietarios. Francisco, uno de los camareros españoles que trabajan para Chao lin, dice entre risas que "hay que saberlos llevar". Y apuntilla poniéndose serio: "Pero son legales. Y buenos pagadores, que hoy en día es lo que cuenta". Chao lin, la empresaria, rechaza a la Prensa como el que reniega de los vendedores de enciclopedias: "No interesa, lo siento. la imagen que dais es muy rara". Y repite esto último varias veces.
Los hay que dicen que este será su milenio, que aguarda un imperio que sucederá al romano y al americano, una era en la que las cosas se pedirán por favor y todos trabajaremos 20 horas al día, apartando cuatro o cinco para el descanso. Con estas premisas, ¿merece la pena competir con ellos? "Es más serio de lo que parece", dice un comerciante cuyo negocio se encuentra apenas a unos metros de uno de estos bares en la calle Toledo. "Hay que regular esto o hacer cumplir la ley en cuanto a horarios, porque si no, es imposible sobrevivir a su ritmo", opina. Pero lo cierto es que ellos sobreviven, y son humanos. "La legislación permite a los locales permanecer abiertos los 365 días al año, así que mientras cumplan la ley, aunque sea la misma persona la que hace las 16 horas, no se puede hacer nada", comenta Mayte Uceda, de Hostelería de CC OO.
Marga Míguez, de la asociación de Hosteleros de Madrid, alude a otro tipo de eficiencia. "Ellos buscan los negocios que van bien y pagan al contado, es su forma de hacer las cosas, tan legítima como cualquier otra", sentencia. Alrededor de un 30% de los 30.000 bares de la región no tienen trabajadores, son negocios cuyos dueños se explotan a sí mismos de sol a sol y sin días libres, el escenario perfecto para el colectivo oriental. "Con la crisis, muchos microempresarios están atrapados en negocios ruinosos. Es entonces cuando aparecen los chinos y los compran", comenta José luis Guerra, adjunto a la Presidencia de la asociación Española de Hosteleros, quien añade que este fenómeno comenzó en Barcelona hace un lustro.
En el bar de Elena ya está lista la tortilla, un perfecto círculo amarillo que podría simbolizar el sol que renace en Oriente y que ya ha llegado hasta nosotros, representando el ocaso de Occidente. Uno de los cocineros sale con una de calamares y pone la fuente sobre la mesa. A nuestro lado, por si queremos otra cerveza, aguarda la dueña, con el mismo gesto abnegado que ofrecen sus compatriotas al aguantar a los borrachos que van al chino a por hielo cada fin de semana.

Publicado en La Gaceta el 30/10/2011

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