jueves, 1 de diciembre de 2011

Casi un siglo reinando sobre la Gran Vía



En los años veinte, el Edificio Telefónica fue el rascacielos más alto de Europa


En 1925, 15 años después del inicio de las obras de la Gran Vía, aquella arteria de dimensiones extraordinarias aún no tenía una cabeza que sobresaliese por encima de las demás. Sólo una serie de fachadas barrocas y algunos, ya pocos, huecos por llenar. Las callejuelas contiguas, aún hoy coronadas por tejas rojas que otorgan al entorno cierto aire villano, se elevaban un máximo de 30 metros. Más alto era peligroso. Sólo los americanos tenían el secreto, la técnica que posibilitaba la construcción de los rascacielos.
Y Telefónica, la misma compañía que hoy mantiene en el número 28 su sede más emblemática,
era entonces la filial española de International Telegraph and Telephone (ITT), su Caballo de Troya en la novísima arquitectura transatlántica.
Comenzaron las obras del edificio que hoy mira a la calle Montera el mismo año en el que Primo de Rivera fundaba la Unión Patriótica y, en sólo un lustro, estuvo listo para ser utilizado. Después vendría la guerra, que lo convirtió en la oficina de censura; el franquismo, que se hizo con la compañía y, por extensión, con el inmueble; y por último, la definitiva modernización de las
telecomunicaciones, que borró su prístina razón de ser como epicentro del contacto con el exterior.
“Yo siempre he pensado que lo realmente llamativo de este proyecto fue el lugar donde se hizo. Urbanísticamente, Madrid no tenía nada que ver con otras capitales más nobles, como París o Londres. Si te fijas, alrededor de donde estamos, la calle Valverde, Fuencarral, etc. son todas
vías estrechas, laberínticas, nada señoriales", relata Francisco Serrano, director general de la Fundación Teléfonica, quien nos recibe en una de las plantas más altas. Por eso, continúa con modos de estudioso, hablando despacio pero con pasión y mostrando su figura recortada sobre una extensa vista de Madrid, "fue indispensable la colaboración de los americanos". "Ellos ya tenían rascacielos en Nueva York y Chicago, sabían cómo se hacía". Esa es la razón por la que Ignacio de Cárdenas, el joven arquitecto al que se encargó el proyecto después de que la propuesta del catedrático Juan Moya fuera rechazada por "historicista", viajó en 1925 a EE UU para reunirse con Louis S. Weeks, el proyectista de la ITT. al otro lado del atlántico, ambos comenzaron a desarrollar los planos. allí, De Cárdenas aprendió a utilizar unas mallas metálicas que, en lugar de los gruesos muros que se utilizaban en Europa, podían sostenerlo todo, elevar los bloques hasta hender descaradamente el cielo.

En los primeros bocetos se trazó un edificio funcional, perfecto para el desarrollo de la actividad industrial. Pero la Gran Vía ya despuntaba como un elegante rosario de fachadas barrocas y distinguidas, por lo que, finalmente, adoptando la estética modernista europea, entonces incipiente, se embelleció el frontispicio. "En los años veinte, existía en EE UU lo que se llamó la spanish craze; nuestro arte y arquitectura estaban de moda. Esto responde a muchas de las preguntas sobre el estilo. Hay que recordar también que sólo 26 años antes habíamos estado en guerra contra ellos, lo que hizo que se mostraran más conciliadores", explica Serrano, ahora de pie en su amplio y luminoso despacho atestado de libros, más propio de un galerista que de un empresario. Esta fascinación de los americanos por lo español hizo que, curiosamente, fueran ellos los culpables de que al final se incluyesen tantos detalles ornamentales de tipo heráldico o floral.

Los bombardeos
Apenas seis años después de su estreno, los inmaculados muros de Gran Vía 28 afrontaron su prueba más delicada: la Guerra Civil. Cada misil era como si encogiese las mallas de los pilares, haciendo retumbar los frescos cornisones, que se deshacían en el suelo elevando un eco sordo y solitario tras el estruendo inicial de cada bombardeo.
Veinte días después del inicio del sitio de Madrid, en diciembre de 1936, Arturo Barea, responsable de la oficina de censura gubernamental, situada allí mismo, reseñaba una mole sólida cuya desnudez interior amplificaba el sonido de los bombas al caer en la “avenida de los obuses”. Tratando de obviar el terror de una guerra que se libraba en el aire y en la calle, la gente seguía engalanándose cada mañana. Este hombre gris e ilustrado, de izquierdas, escritor autodidacta de prosa directa y rudimentaria, quiso defender la República hasta que, fruto de un desencanto parejo al de otros intelectuales republicanos como Chaves Nogales, se fue de su país en 1938 para no volver.
“La calle era un cañón profundo”, escribe refiriéndose a lo que veía desde la azotea del inmueble. "El frente comenzaba allí y seguía en curvas, invisibles, rodeando simas y barrancos perdidos en la lejanía (...) era desconcertante verlo tan cerca". Un día, cesado el cañoneo, descubre que un obús ha atravesado dos pisos del bloque, dejando un "olor de grasa, de metal caliente y de pintura al duco".

El republicano Barea discutió y se peleó con los corresponsales que trataban de burlar la censura para informar al mundo de lo que pasaba en Madrid. Por allí se veía pasar a Malraux arrastrando los zapatos, deshecho por los horrores que traía consigo desde el frente y que luego plasmaría en La Esperanza; Hemingway corría cada noche desde el Hotel Florida –lo que hoy es la esquina de El Corte Inglés de Callao–, donde se alojaba, para entregar su crónica, que inmediatamente había de pasar el filtro de Barea y de su amante Ilsa Kulcsar; John Dos Passos, que ya había publicado Manhattan Transfer y era un autor consagrado, se presentaba cordial, siempre fumando. Tiempo después, describiría en Journeys Between Wars “una oficina quieta, en la que encontráis a un español cadavérico, consciente de su importancia como guardián de estos teléfonos que son el lazo de unión con países técnicamente en paz, en los cuales la guerra se desarrolla aún con créditos de oro en cuentas corrientes...”.

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