miércoles, 28 de diciembre de 2011

Carla Antonelli

Andaba ayer feliz en Twitter dándomelas de intelectual, colgando un frase de Umbral por aquí, otra de Azorín por allá, cuando topé con una manifa, que en Internet es un pásalo hasta la extenuación.
La marcha la encabezaba Carla Antonelli, ese transexual del PSOE azote de la discriminación, ahora en pie de guerra contra los libros que llaman a lo suyo enfermedad. Extendía la activista un 'tuit' en el que pedía que se retirase de El Corte Inglés un tomete vergonzante firmado por un seguidor de Aquilino Polaino. Convencido de convencerla, le dije a Carla, en primer lugar, que a mí lo que cada uno hiciese en su alcoba no me importaba en absoluto, menos aún estaba por la labor de decir quién se puede casar y quién no. Pero, henchido por mis recientes lecturas libertarias, le escribí que por la censura no pasaba y que me preocupaba que ella, política, la defendiese tan a las claras, más aún sin haberse leído el libro en cuestión. Porque, pensándolo bien, al menos los del rodillo franquista hacían el intento y, aunque no entendiesen nada, tenían esa deferencia hacia el autor antes de mandar las galeradas a la hoguera.
Cuando Carla me ubicó en LA GACETA debió de sentir algo así como un ataque, que se puso a retuitear lo que yo decía, a comentarlo con sus colegas y a repetir la palabra Intereconomía con más pasión que esas fans de El Gato al Agua que pasean cada noche sus pelucas por el Plató. Yo, mientras eso se convertía en un gang bang violento, desgranaba enloquecido mi ideario vital en mensajes de 140 caracteres, lo cual no es nada fácil.
De verdad que hay que hacer un cursillo para hablar con esta gente, porque el que pensé que sería el argumento definitivo, el sofisma que los desarmaría, no hizo sino encender aún más sus críticas y, lo que es peor, arrancar sus carcajadas. "Yo tengo muchos amigos gais", escribí con ese cosquilleo que precede a la frase perfecta. "Y no creo que estén enfermos. Además lo son de toda la vida". Después le dí al Enter en un acto que ahora percibo meridiano como una metáfora de la caída al abismo. A los dos minutos me lo habían retuiteado veinte homosexuales imsomnes, algunos de ellos imagino que borrachos por las horas que eran, y la etiqueta #ridículo caminaba decidida al Trending Topic mundial. Por lo visto, me dijeron entre insultos, era eso lo que decíamos todos los homófobos, la base de nuestro argumentario homofóbico, el homofobismo más abyecto y radical. Si uno dice que tiene muchos amigos gais, lo que en mi caso además es mentira, está condenado al zarandeo público porque lo que en realidad pretende es ablandar al auditorio para pedir acto seguido que se les fusile a todos.
Estoy de acuerdo en que lo que dije no es el colmo de la hondura de pensamiento, pero es que minutos antes había comentado lo bien que me parecían sus casamientos y se me había llamado mentiroso y después, para rematarlo, Nazi.
Lo peor es que yo, hasta anoche, me consideraba una persona tolerante. Traté de hacérselo ver y me pusieron, para disuadirme de tal empeño, un vídeo de Horcajo y una noticia que hablaba de una demanda a mi Santa Empresa. Yo ahí desistí y casi acabo insultándolos a todos para hacer honor a la medalla que se me había colocado. Me despedí como pude y todavía he estado recibiendo mensajes durante toda la noche según iban cerrando los garitos del centro.
Luego ví amanecer con desasosiego, revolviendome en la cama y asimilando mi nueva condición de homófobo y neoliberal, contando ansioso las horas que me quedan para empezar a meterme con el nuevo Gobierno de Rajoy y olvidarme así por fin de que me llamen facha.

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