miércoles, 28 de julio de 2010

Mi ego revuelto

La ministra sale con la cara tapada, acalorada. Así que sólo queda una opción: que el periodista y el de prensa sean los verdaderos protagonistas de la imagen

Aviso de que hoy voy a alimentar mi ego. El que suscribe, como a estas alturas todos habréis podido comprobar, sale serio, con pinta de estar trabajando, ¡al lado de una ministra! Concretamente, de la responsable de que ni usted ni yo tengamos derecho, a partir del año que viene, a ninguna ayuda para comprar una casa. Que no estoy hablando de Aído.

Y no, no soy el de traje, que ese es el de comunicación de Vivienda, cuya labor es, entre otras –no seré yo el que juzgue su trabajo-, la de otear disimuladamente por encima de los hombros y tirantes del ganado periodístico libretas ilegibles al tiempo que habla su jefa. ((Hago un inciso para resaltar las trazas de policía suspicaz que este hombre, cuyo nombre no recuerdo, desprende en la instantánea que nos ocupa. Se le adivina atento, ¿verdad?. Y Beatriz, permítanme que la llame así después de posar a mi vera, estaba nerviosa; lo estuvo durante toda la rueda de prensa, atropellando palabras y datos como queriendo mostrar arrepentimiento por todo lo que salía de su boca. Por eso me cae bien. Por eso y porque no tengo pensado comprarme una casa, y menos aún digna)).

Pues bien, lleno la tripa de mi ego, comentando la foto a lo Millás, por varias razones. Saco una cabeza a la que maneja el cotarro del ladrillo –donde ha llegado este chaval-; cuando estaba cubriendo todo lo económico que decía Corredor, mi camiseta se iba empapando en sudor gracias a la manía que tienen en los ministerios de gasear a todo bicho viviente, y aún así aguanté (Joder, qué calor, dijo la ministra: de ahí mi cara de póquer) y, por último -espero que nadie de mi periódico lo lea-, parece que estoy sacando la libreta para arañar una última declaración que podría haber sido de lo más reveladora (¿?), pero lo que en realidad estoy haciendo es guardándola para irme y como mucho, investigar a qué huele el sudor de los que mandan.

Y es que, en resumen, que esto se me está escapando, hoy estoy feliz. Salgo negro sobre blanco a tu lado, Beatriz, y no todos pueden decir lo mismo. Así que aquí tienen, mi ración de egos revueltos, como diría Juan Cruz.


miércoles, 2 de junio de 2010

Por el Nuevo Periodismo de Talese


No está del todo claro quién es el padre de este modo de concebir la profesión, aunque no son pocos los que coinciden en situar el punto de partida en la publicación de A sangre fría, de Truman Capote, a mediados de los años 60. Hoy, el Nuevo Periodismo, con sus defensores y detractores, forma parte del programa de estudios de cualquier universidad de comunicación del mundo y ha acabado siendo la meta de muchos reporteros dominicales, aunque no siempre se atrevan a intentarlo del todo.

Y es que no es nada fácil escribir un novela en una semana. Aunque sea de no ficción y ocupe únicamente 5 páginas. Para lograr tal proeza es imprescindible ser independiente y tener tiempo. Todos ellos –los padres del Nuevo Periodismo- lo fueron alguna vez y por esa razón nos han dejado relatos para la historia.

Hace relativamente poco, llegó a mis manos un ejemplar de Retratos y encuentros, de Gay Talese, uno de los periodistas adheridos –junto a otros como Tom Wolfe o Norman Mailer- a esta forma de narrar. Sus historias de trastero –así lo llamaban, no sin cierta ironía, algunos editores de entonces- son hoy recuerdos de tinta que no se borrarán fácilmente. La genialidad de estas entregas descansa en saber escribir bien cualquier historia. Y a partir de ahí todo es posible.

La base de su modo de entender el periodismo está encerrado en esta frase: “Creo que lo ordinario, el acontecimiento cotidiano en la rutina de la persona media, merece ser puesto por escrito, en especial en un periódico, si aquello se escribe bien”. Y de esta convicción salieron narraciones increíbles por cercanas y emotivas. Don malas noticias, sobre el escritor de obituarios del New York Times, que leía dos libros al día y no le importaba que sus escritos fuesen sin firma; Viaje a la selva de los gatos, sobre la permanente lucha por la superviviencia de los gatos callejeros; o Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas, en el que nos deslumbra con curiosidades tan banales y extraordinarias como que “los neoyorquinos se tragan 460.000 galones de cerveza al día y devoran 3.500.000 libras de carne”. Todo ello contado con tal maestría que logra que el lector viaje por los fondos de Manhattan durante unas horas. Y para rematar esta memorable recopilación, el periodista italoamericano reproduce un reportaje que elaboró partiendo del paseo con el que por las noches obsequia a su cigarro.

Enemigo de grabadoras, teléfonos y demás artilugios de ayuda al periodista, la atávica mirada de Gay Talese radiografía las satisfacciones y frustraciones de las personas. Se deja caer por el lugar de los hechos sin hablar demasiado. Sin que se note. Por eso, los ambientes que recrea en sus relatos son únicos. En el reportaje sobre Frank Sinatra, para el cual no entabló conversación alguna con él, supo imbuir a su texto la oscura parafernalia que rodea a la mafia sin llegar a destapar la pertenencia del cantante a la misma en ningún momento. En su crónica sobre el viaje de Alí a La Habana, nos presenta a un Fidel Castro bobalicón, indefenso en el cuerpo a cuerpo, desnudo sin su atril y la enfervorizada multitud enfrente. Talese nunca llegó a sobrepasar la delgada línea que separa la interpretación de la opinión en el arte del reporterismo.

Al término del libro, retrocede a sus inicios y muestra sus historias más personales. Cuenta cómo se acostumbró a escuchar sin interrumpir en la sastrería de sus padres, donde muchos clientes confesaban sus más hondos pensamientos. Que en los momentos de titubeo o duda, aprendió a tener paciencia, porque es en esos trances cuando las personas sacan a la luz sus mayores verdades. Que nunca fue buen estudiante, ni le interesó en exceso el periodismo ni la lectura. Que incluso le desecharon para la universidad, pero que su padre se negó. Que su billete de ida al selecto mundo de los contadores de historias lo logró siendo mensajero, gracias a un encuentro buscado con una artista en una habitación de hotel. Que los blogueros son unos vagos. Que han de salir a la calle. Que no lee los periódicos digitales porque le colapsa tal cantidad de información.