jueves, 28 de noviembre de 2013

NOS MUDAMOS

A LOS IMPROBABLES LECTORES DE ESTE BLOG:

Me han convencido. A partir de ahora, de ya mismo, podréis encontrar los nuevos contenidos del blog en est aotra dirección: http://enprecario.wordpress.com/

Todo cambia para que todo siga igual, o como sea que dijo el italiano aquel. O sea, que no cambia gran cosa, si acaso esto solo es un intento de poner orden en el caos, de editar con más cuidado y de que el número de lectores no dependa tanto -ay- de lo que uno escriba.


sábado, 23 de noviembre de 2013

Juventud

"T. S. Eliot trabajaba en un banco. Wallace Stevens y Franz Kafka trabajaban en una compañía de seguros. A su modo particular, Eliot, Stevens y Kafka sufrieron tanto como Poe y Rimbaud. No tiene nada de deshonroso optar por seguir a Eliot, Stevens y Kafka. Él ha optado por vestir un traje oscuro como ellos, llevarlo como si fuese una camisa en llamas, sin explotar a nadie, sin timar a nadie, pagando a su paso. En la época romántica los artistas enloquecían a escala desmesurada. La locura manaba de ellos en ríos de versos delirantes o grandes goterones de pintura. Esa época ha terminado: la locura de él, si es que su destino es el de padecer locura, será diferente: tranquila, discreta. Se sentará en un rincón, tenso y encorvado, como el hombre de la toga del grabado de Durero, esperando pacientemente a que acabe su temporada en el infierno. Y cuando haya pasado será más fuerte por haber resistido."

J. M Coetzee

jueves, 21 de noviembre de 2013

Blue Jasmine en el Plaza Norte






De pronto nos vimos bajo la grandiosa cúpula del Plaza Norte 2, adonde acudimos por cercanía y oportunidad, y no fue necesario decir nada. Enseguida convinimos, con ese silencio solemne que se da en ciertas situaciones radicales, que estábamos en un lugar raro, un lugar al que no ir, ciertamente, un lugar que es símbolo del peor consumismo hortera, del de peor gusto por supuesto, pero un lugar a fin de cuentas que de tan terrible que es resulta hasta asombroso, como el hombre elefante o el mismísimo jorobado de Notre Dame. Tienen de hecho la cúpula y esa nave central toda en oro un algo de catedral noventera y recargada, de barroco en plástico y talonario fraudulento.

Fuimos al cine, por cierto, a ver lo último de Woody Allen, y como nos habían dicho que trataba de la crisis, de los que se habían forrado con ella, concretamente, quisimos ver en todo ese oro de palo una bonita metáfora casual. Así que atravesamos la inabarcable sala central como si recorriéramos el mausoleo de Lenin y llegamos por fin a los Yelmo, en donde, si todo iba bien, a los pobres nos permitirían la entrada por tan solo 3,5 euros cada uno. No nos creímos la oferta hasta que llegamos al hall, pues allí, bajo la colorida cúpula del despropósito capitalista, se nos hizo obvio el disparate: el ambiente era verdaderamente siniestro, con niños repartiéndose para ir a filmes de adultos, tontos en películas para listos y mucha gente comprando entradas para el visionado de Thor. Allí mismo, la democracia quemaba los altares de la altísima cultura encarnada por el director Allen y nosotros sujetábamos, temblorosos, nuestros cupones de descuento recién impresos.

Después, a lo loco, intentamos ver la película dentro de una discoteca.

Recuerdo las risas enlatadas de una pareja de amantes intelectualizados, una pareja que seguro lee en silencio novelas gordas sin sonreírse ni un poco, absortos como están, así se les escape un pedo; y también recuerdo los susurros de la señora de al lado, que parecía dormir pero estaba bien despierta, y los feos modales de su orondo marido, que estrujaba su mano mientras se carcajeaba –este sí- si algún actor emitía una onomatopeya casual y propicia, o se tropezaba alguien, o Jasmine se tambaleaba, y cosas así.

Yo me había dicho a mí mismo, tozudo que soy a aceptar la realidad, que el contexto no me arruinaría de ningún modo el contento fijo, garantizado de hecho, que me proporcionaría la última película de director Allen, y de algo pudimos enterarnos, al fin, y yo solo sé que al día siguiente bajé silbando camino del menestral trabajo que desempeño, pues Woody Allen es, con el sexo, lo que a mí de mejor humor me pone.

No siendo para nada necesario, diré que mi experiencia con el director de Brooklyn es algo irregular. Y también diré que nunca vi en él al genio que dicen: no me gustaron sus primeras películas y me extenuó, por ejemplo, el humorismo totalizador –a mí que me intenten hacer reír en cada renglón o diálogo me parece una fascistada- de La última noche de Boris Grushenko o Bananas, que son dos de las que lo convirtieron en objeto de culto; y sí me gustaron, en cambio, y mucho, algunas de las posteriores: Hanna y sus hermanas, Manhattan, Días de Radio, Maridos y mujeres y de las últimas Match Point, la de París y esta, Blue Jasmine. Me dejo muchas que he visto, algunas que ni recuerdo y otras que no veré nunca. Lo que permanece en mí de casi todas estas, de la última también –aunque hay aquí una voluntad de introspección distinta, algo que a Allen no le interesó destacar de sus otros personajes más o menos recientes, pese a sus zozobras-, es la extraordinaria habilidad del director neoyorquino para desolemnizar historias, para aligerarlas. Woody Allen es como una brisa que le entra a la película –en las de París o Roma se ve clarísimamente- y le da una ligereza admirable, desmitificadora. Por eso me extraña esa vitola de genio que le han puesto los admiradores de Haneke o Terrence Mallick, que son como dos menhires que le caen a uno en la nuca. Se la pusieron, de hecho, la vitola digo, y acto seguido sacaron el mazo para criticar todo lo que saca, en plan “otra bobada más”, y yo sostengo que tal es su obcecación que cada año sitúan en un filme distinto el último de sus trabajos geniales.

Blue Jasmine, se está diciendo mucho con razón, deja sobre todo la memorable actuación de Cate Blanchett, que está como para enamorarse diez o quince veces de su talento, aun despreciando a la odiosa Jasmine. Y no es poco, pues los registros de esta actriz son infinitos y va de la alegría al llanto, de la superficialidad a lo complejo o de la cordura a la locura con una trasposición de todo su cuerpo, como si mediaran años entre cada intervención, que por otra parte es una sola.

La película además tiene un final perfecto, nada sorprendente pero redondo, que es como debe ser.

Y ahora hablemos de qué va. Hal es un hombre rico y malo y es también el marido de Jasmine y un buen día lo encarcelan porque, por lo visto, robó todo lo que tenía. Puede que sea Maddoff, nos dicen, y las semejanzas son evidentes. El director por supuesto no se recrea en el desarrollo de la estafa, no es Soderbergh, y sí en la evolución de ella, la cual se nos va mostrando a través de un montaje que mezcla el antes y el después y dosifica la fortuita rotura en mil añicos de esa pompa de cristal en que vivía el matrimonio. Luego está Ginger, hermana no biológica de ella y, junto a los de su entorno, arquetípico ser humano de la clase media, analfabeta y bondadosa, de corazones incompatibles con la pasta. Ginger es el pueblo al que estafaron los banqueros. Así pues, sin ser esto una película española, tenemos al rico malo, a la esposa pija, al joven hijo -generación virgen por corromper aún- que renuncia a lo que su padre representa y, al otro lado del país, lejos de los cenáculos en que se tejió la triste historia del desfalco, la maltrecha e ignorante clase media.

Pero ahora viene lo formidable, lo que de ningún modo se habría hecho aquí, digo, pues no hay talento: Woody Allen deja ahí todos esos elementos, obtiene su divisa literaria, si quieren, y pasa a otra cosa, que en este caso es ella, Cate Blanchett, Jasmine, Blue Jasmine. La película es ella y los diálogos, salvo contadas excepciones bobas del tipo “podíamos poner esos millones en un banco de no sé qué paraíso fiscal”, “Hay maneras de no pagar impuestos” o “El estado te roba la mitad de lo que ganas”, no buscan un compadreo político con el espectador. Por tanto no es esta, de ningún modo, una película reivindicativa, sino una comedia más de Woody Allen, si acaso más introspectiva, como decíamos, pero que mantiene intacto el pesimismo general de su autor en cuanto a las relaciones hombre-mujer, que es de lo que mayormente se ocupa él. Aquí, por muchas vueltas que le demos, se viene a ocupar de lo mismo, es otra variación más leve de lo que parece de lo que mejor sabe hacer.

Yo vi que la gente salió del cine relativamente contenta, y se puso mirando al coche sin hacerse demasiadas preguntas; no había rastro de indignación, sino la sensación de haber pasado un buen rato. Quizás pensaron que tan solo era una película más.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Miriam Gómez

La semana pasada entrevistamos a Miriam Gómez. Nos habló deslavazado, como a empujones, durante más de una hora. Abría muchos ojos al recordar cómo su marido muerto, Guillermo Cabrera Infante, se quedaba sin memoria después de los electroshocks con que intentó curarse la paranoia. Se emocionó varias veces (“odio este rollo lacrimoso, pero no puedo evitarlo”.) Dejó poco espacio a nuestras voces y tampoco quisimos interrumpir a alguien que recordaba. Fue inevitable abstraernos a veces en sus pequeñas manos arañando un botellín de agua que dejó retorcido, agitado. No tardó ni cinco segundos en recordar a Guillermo; su manía al hilo dental, concretamente. Habló del dolor continuado en el tiempo, de cómo los médicos le confundieron al escritor la bipolaridad con la melancolía y fueron incapaces de ayudarlo. Él entonces se sentaba, pluma y papel, y se hacía a sí mismo un diagnóstico literario. Fue su autopsia en vida. Sus amigos sabían que nunca debían abordarlo de repente, pues lo llevarían seguro al infarto. Cabrera Infante no albergaba rabia, sino terror. Por eso se quedó parado en el 59, minutos antes de que Fidel (“Yo al menos puedo decir que nunca lo llamé Fidel”, decía cuando algún periodista le deslizaba su pasado revolucionario) pisara La Habana: para no sentir miedo, pues allí se murió la primera vez, como el patriarca de García Márquez (ese señor nunca fue amigo de Guillermo”, subraya la viuda, muy seria.) A GCI, según decía él mismo, nunca le importó que Gabo lo llamara gusano, contrarrevolucionario asqueroso, sino que la prosa suya fuera como el sombrero frutero de Celia Cruz. Miriam Gómez nos contó muchas anécdotas y algún detalle estremecedor. Su insurrección, la de Guillermo, pasado el punto de no retorno sobre el mar, fue estrictamente literaria. En ese mismo avión cambió el título de Vista del amanecer en el trópico y puso ese “no se puede más” al final del renombrado Tres Tristes Tigres, como burla última al censor franquista tras la mutilación de su texto, peaje obligado hacia el premio Biblioteca Breve, tan importante entonces para aliviar, aunque fuera durante un rato, los gravísimos problemas económicos de la familia. “Siempre se lo agradeceré –diría GCI-: me quedó un libro mejor”. La postura oficial de Cuba es que el libro va en contra de algo tan etéreo como el espíritu de la revolución. Salen negros que cantan y bailan, se divierten. Hoy, tener cualquier libro suyo es motivo de cárcel. GCI reescribió ese país paralizado como en una foto. El dolor, la forma como salió, quitándole todo el tiempo al sueño, La Habana para un infante difunto, mosaico delicioso de faldas, bragas y olores y, sobre todo, una catedral de letras que trata de recuperar, un proceso de reconstrucción. La ninfa inconstante –creo que mi preferido- y su inolvidable máscara de un Humbert Humbert del trópico. Guillermo llegaba exhausto del hospital y, perdida la memoria, se sentaba a recordar, algunas veces hasta quedar desnudo. No es difícil rastrear en Miriam Gómez las sobras de esta tragedia. Estuvieron siempre juntos; “yo lo quité de cazar mujeres, lo tranquilicé”. Sus últimas cacerías varoniles, sostiene ella con cierta candidez, fueron esas que cuenta en el libro último. "Otros se refugian en el alcohol o las drogas; él lo hizo en las mujeres". Fue un genio desquiciado, centrifugador de humores cuyo único lenitivo posible era (cosa dramática para él) escribir torrentes de literatura. Se sentaba y trabajaba, a veces durante días enteros, ay Dios mío, suspiraba la esposa, qué estará escribiendo este hombre. EL caso es que ahora presenta Miriam un inédito de cajón sobre la pesadilla central de GCI, sobre lo que vivió en los cuatro meses que Castro lo retuvo en la isla en 1968, cuando regresó al entierro de su madre y no llegó para verla viva, perseguido él, que era funcionario público, por el siniestro departamento de Lacras Sociales. Una cárcel rodeada de agua –incluso por arriba cuando llueve, decía-, la isla en peso de Piñera, los muertos y los torturados. Yo ahora preparo un largo texto sobre el tema. Asi que no se puede más.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una cuestión de tiempo

Lo grabó Tolstoi en el frontispicio de su Anna Karenina: Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. No es necesario añadir cuáles son las interesantes. Una cuestión de tiempo, película british de indisimulado ramalazo indie, va de eso, de una familia feliz que es descaradamente igual al resto de las familias felices. Una familia, dice el protagonista, extraordinaria y ordinaria. Una familia radiante en la que los hombres, además, tienen la sobrenatural capacidad de viajar al pasado. Esto le sirve al director para reflexionar sobre el tiempo, la importancia no de aprovecharlo, sino de disfrutarlo, sobre el crecer de los niños, el madurar del amor que se mantiene intacto, las sábanas limpias, las lecturas compartidas. Fijémonos en los alrededores de nuestros cuerpos, en lo bonito que está el día, pues solo se vive una vez, solo se vive ese día una vez, y nos lo comentan como si aquí, en España, este modo de ver la vida no lo conociéramos ya por las Azúcar Moreno. Los Lake son felices hasta la obscenidad, y lo peor (atención, spoiler) es que lo son durante toda la película. Ni un obstáculo, ni un escollo, ni una mala caída que lo deje a uno cojo, ni una triste historia de superación. Hubo un momento para el mundo de la cultura, ciertamente trágico, en que todos convinimos que los finales felices eran lo más, y en el siguiente estadio estamos ahora, pagando las consecuencias, barnizando de azúcar glasé, de felicidad la cosa, y no solo el final, sino el antes, el durante, el después, el TODO. La película, en fin, es bonita, que diría mi tía, la felicidad es bonita, activa el mecanismo de la emoción, incluso, si uno tiene el día tonto, pero carece de interés. La felicidad enseguida nos lleva, y este el principal repelente de cara a construir ahí una ficción memorable, a la normalidad. El hombre normal es un hombre feliz porque en su vida no hay incertidumbre (todo hombre se considera hoy feliz, pero yo sostengo que, al menos en el prinmer mundo, muy pocos lo son de verdad; pero ese sería otro artículo.) Un hombre feliz se casa, tiene hijos, forma una familia. Uno no tendría nada en contra de llevar esto a la ficción (dentro de ese hogar puede morir alguien, enfermarse un niño, venir el butanero y hacerle un hijo a la esposa, salirle un cáncer al abuelo, aunque sea leve, no sé, que el perro se coma los mejillones de la cena), y menos aún si la película de marras no intentara aplicar, además, el carpe diem horaciano al asunto de la normalidad. Pero es que lo hace. Viene a decirnos: aprovecha el momento: acuéstate todos los días a las diez, levántate pronto, vete a trabajar, vuelve cansado, besa a tu hija, haz el amor con tu mujer, viaja moderadamente el fin de semana, ama mucho, bebe poco, vive cien años; y hazlo mientras aprecias los colores del cielo, el aire que respiras, el té de las cinco. Ya lo veis: el lado salvaje de la vida. Tiene esto algo que ver con un párrafo que a mí me gusta mucho de las memorias de JRJ y que ya reproduje aquí: “Es frecuente –escribió Juan Ramón Jiménez- que me echen en cara que no he vivido. Yo a diario amo a una mujer, salgo a la naturaleza, campo, mar, jardín, plaza, ando por las calles, leo, veo pinturas, oigo música, viajo lo que puedo y sé que puedo estar solo cuando quiero. No voy a cafés, a toros o a prostitutas porque no me gustan. ¿Esa es la vida? Se dice que X ha vivido. Conozco su vida. Se levanta, no se lava, desayuna, se va a dar un paseo camino de su clase, come, se va al café (tres horas), una puta, cenar y dormir, no se lava”. Pero JRJ sabía que nunca le harían un biopic, como mucho un tochaco infumable en libro, una biografía tan solo legible en la medida en que se centrara en su obra. Bioy Casares le dijo a Fernando R. Lafuente (lo contaba el otro día el periodista en el editorial del ABC Cultural) que su vida era sumamente aburrida y que por eso sus memorias no le iban a interesar a nadie. Solo se había dedicado, decía, a la literatura, a las mujeres y al tenis, y lo primero no tenía interés, con lo segundo quería ser discreto y lo último era sumamente aburrido. Bioy, imaginamos, fue un hombre extraordinariamente feliz.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Chabelita

El Sálvame lleva tiempo obsesionado con nuestra puericia, pero ahora, con el pavo de Chabelita a minucioso debate, esta tendencia está adquiriendo niveles insoportables. Se trata de sacar conclusiones y poner ejemplos, así que el pavo de Chabelita es también una excusa para indignarse todos a una con el pavo de su novio, que por lo visto anda desde los quince embarazando niñas, como si en ese fumigar tan despreocupadamente andaluz, de chulería cani y morena, quisiera él labrarse un futuro, siendo la actitud de los tertulianos, por extensión, una enmienda al joven irresponsable que, sin edad de hacer la mili, decide tirarse al monte de la paternidad. Como si apechugar con los ciclos vitales fuera intrínsecamente malo. Si antes lo condenable era embarcarse y coger sabañones en la mar, llevar a cabo una vida pirata y errante, ahora se ha vuelto inadmisible adquirir responsabilidades antes de tiempo. Uno no ve nada malo en que gente como Paquirrín o Chabelita, totalmente inútiles para la economía productiva del país, tengan hijos a estas edades tan absurdas. Esto es parir solo para poner bocarriba otra vez la pirámide. Con Francisquito, el hijo de Paquirrín y Jessica Bueno, del que yo me ocupé ya aquí, dieron una barrila considerable los que ahora ven en la rebeldía de Chabelita -¡la rebeldía es tener trillizos!- un acto de inmadurez. Tener hijos es maduro, nos dicen sin querer Patiño y compañía, siempre y cuando uno los tenga de acuerdo a lo que dicta el canon; es decir, la moda. La moda dice que hoy, aunque tengas miles de euros para gastar y ninguna ambición por viajar o disfrutar de tu juventud más allá de los límites del Guadalquivir, hay que joderse y esperarse. Oiga, irresponsabilidad será el parir compulsivo de las familias pobres, la prole alrededor del cazo de arroz hervido; no esto

sábado, 9 de noviembre de 2013

El éxtasis de Juan Manuel



(El artículo está escrito desde hace meses. Lo recupero ahora y no sé muy bien por qué, pues en su momento algo me dijo que no debía publicarse. Hoy, tras releerlo, no encuentro nada demasiado malo (tampoco demasiado bueno); pero el caso es que era como si me quemara en el cajón. Va de un libro de De Prada, sin acritud)


He empezado al menos media docena de libros firmados por Juan Manuel De Prada y no he terminado ni uno; pero, esta vez sí, he llegado a una conclusión que es feliz para ambos, para De Prada y para mí: empezaré todo lo que publique, sin resistencia alguna, pues me ocurre con De Prada que a pequeños tragos me resulta apreciable, incluso elegantoso, y siempre hay un momento, alrededor de la página veinte, en que pienso: “Este me lo acabo”. Pero no, oye, que no soy capaz. Así que, con calma, seguiré leyendo a De Prada como me salga de los huevos; es decir, sin esperanzas nunca de retomarlo.

Veamos. Creo que De Prada tiene un oído fino y logra casi siempre la sonoridad de una escritura castiza –Las máscaras del héroe sería un ejemplo- que le viene de sus lecturas obsesivas de los de principios de siglo. Luego hay imágenes que están bien. De Prada es un tambor. Prosa de sonajero, dijo una vez, creo, Marsé acerca de Umbral. De Prada tiene ese deje madrileñista y ramoniano, esa escritura cadenciosa y un poco esquizofrénica que con brillo cultivaron los otros. Pero (dice que) piensa hondamente, más que el autor de Mortal y rosa, por ejemplo, lo que pasa es que su pensamiento, por lo general, no gusta. 

La filosofía de De Prada es rotunda, mesiánica y atormentada, y todo ello lo envuelve además De Prada en un fino y molesto calabobos de caspa que hace que al lector le entren ligeros y persistentes picores cuando dice o escribe cosas como esta:

-Creo que la incapacidad del hombre contemporáneo para amar y ser amado tiene que ver con la saturación de pornografía.

A De Prada lo atormentan de veras todas estas cosas, la pornografía, el alma, el matrimonio homosexual, el alma, el aborto, el alma. Y luego quiere que el mundo de la cultura no le recuerde una y otra vez aquel catálogo de coños que escribió cuando aún era un joven aprendiz de Barakaldo. Yo sostengo que hoy vemos exactamente al mismo hombre que escribió Coños, pero de ningún modo al mismo escritor. Es cierto que De Prada ha logrado proyectar al fin una imagen devota y seria, pero sus comienzos, sus obsesiones adolescentes –el sexo, la bohemia, los desclasados- sobrevuelan cada página que escribe, condicionando cualquier aproximamiento a su obra. Es el adolescente luchando contra el escritor serio, riguroso o, si quieren, contra el seminarista de palo. Luego está su explicación, que lo dijo él un día: “Escribo sobre sexo porque creo firmemente que el cristianismo no ha de ocultar, sino mostrar”. No sé si fue con esas mismas palabras, pero la idea era esa. Si es por eso, bien.  A mí me gusta el sexo leído, visto o como sea, así que no tengo nada que decir. Por lo demás, hay veces que se le ven las costuras al personaje, al disfraz de seminarista, porque De Prada es un tío leído que escribe engolado. Y nada más.

Yo opino, pues, que De Prada lleva años a la conquista descarada de un público que habría de escandalizarse ante algunos de los pasajes de sus libros, aunque lo cierto es que vende, y vende bien. Qué esquizofrenia. Esta incoherencia –exitosa incoherencia- no gusta en absoluto a sus colegas de profesión, como tampoco gusta su cristianismo postrero, su pegajoso discurso de sacerdote, aunque lo que debieran hacer aquellos que le atacan es ir a por su literatura, en la que, entre los defectos que posee, que no son pocos, puede uno encontrarse con algún que otro feliz hallazgo. Ya saben: De Prada a sorbitos, como si fuera una sopa.

“Alta literatura”. Así nos presentaron hace poco su última novela. “Regresa la alta literatura”. La historia de marras se llama Me hallará la muerte, y todo es muy de Franco y de la División Azul. Uno ha leído unas doscientas páginas –cien más que del resto de las novelas de De Prada, pero solo por pudor profesional, por intentar trazar aquí unas líneas mínimamente documentadas- y, entre eso y sus artículos del ABC, creo poder afirmar que De Prada no ha utilizado en su vida un adjetivo de uso más o menos corriente y muy pocos de menos de cuatro sílabas. En cualquier caso cada frase está aliñada con algún palabro colorido que hace las delicias de las señoras de derechas que luego lo propalan en peluquerías y supermercados, orgullosas de leer a un tipo capaz de recuperar para la vida las marchitas gónadas de la alta burguesía encopetada. Las nubes son coscurantes, el crepúsculo es un chafarrinón cárdeno empapando el cielo y las mujeres, como algunas ciudades del norte, tienen un perfil ferruginoso que hace que a uno le deje de regar la sangre el cerebro y acabe pensando con el cipote.

Hay, sin embargo, cosas aprovechables. Yo en esto último suyo he notado ecos incluso de Dostoievski. La historia, por centrarnos, va de la posguerra y, hasta donde uno ha leído, de un tarambana que se enrola en la División Azul para huir de un crimen que ha cometido junto a su enamorada, a la que desea por su aire virginal y porque le provoca unas erecciones tremendas bajo el pantalón, “como un morlaco que embiste al bulto”. Tremendo. El tipo, que nunca había albergado en su seno mayores inquietudes políticas, se cruza un día con aquellas heroicas juventudes hitlerianas y se va con ellos, dejando a Carmen, su objeto de deseo, mendigando en la Puerta del Sol. El amor no es para De Prada limpio y puro y esa opinión la celebramos aquí, de verdad, aunque no deja de llamarnos la atención que un tío que se queja de eso escriba unas novelas tan guarras ambientadas tiempo ha. La pornografía no es cosa de Internet; la pornografía, lo ha dejado dicho un aspirante al Nobel como Philip Roth, es antigua y duradera precisamente porque nos hace vernos en el cuerpo de otro sin sentir celos, y eso, no me digan ustedes, como poco es mágico.

Que los militarotes de Prada, los de la División Azul, sueñen con desvirgar jóvenes comunistas es solo fruto de la desnaturalización que provoca la proximidad de la muerte. La puta guerra. Os voy a dejar algún párrafo, porque, como hemos dicho, a sorbitos está muy bien, divierte:

“Sobre un camastro de sábanas revueltas yacía el desertor Camacho, como un mudo alfeñique de palidez mortuoria que crispaba las facciones y apretaba los dientes, esforzándose por mantener la erección, mientras Nina, sentada a horcajadas sobre él, lo cabalgaba con un frenesí de bacante en pleno rapto dionisíaco, olvidada del hombre o monicaco que soportaba sus embates, como una mantis se olvida del macho que la fecunda, un instante antes de devorarlo. Nina tenía unos senos copiosos, más copiosos aún de lo que Antonio había imaginado, unos senos grávidos que se bamboleaban como planetas de órbita autónoma, sublevados contra las manos mezquinas el desertor Camacho, que no se bastaban a contenerlos. Antonio reparó en sus pezones, nítidos como medallas de un metal cobrizo, y también en los hoyuelos que hacía su espalda, tensa como un arco a punto de dispararse, en el arranque de las nalgas, que eran también copiosas y temblaban a cada embate, dibujando en su piel un mapa cambiante de diminutas abolladuras que luego se aquietaba en los muslos, firmes como tenazas (…) y sus labios fruncidos en un mohín codicioso y bestial; y su garganta como un barranco que hubiese querido refrescar con su saliva, surcado de venas como secretos  veneros de lava rugiente; y sus clavículas como arbotantes de una catedral gótica; y su vientre convulso y movedizo, como a punto de desaguarse por el ombligo…”


No me digan ustedes que no se les ha soltado la sonrisilla con la bacante en pleno rapto dionisíaco.

La escena nos muestra al voyeur, Antonio, espiando a su carcelera en el gulag, una francesa stalinista llamada Nina, mientras esta fornica -¡más madera!- con Camacho, un rojo que se alistó en la División Azul para desertar en cuanto llegase a Rusia. La cosa se va despeñando, como ven, por los senderos del erotismo más light. Porno soft han llamado a lo de las Sombras de Grey. Prada muestra una pericia extraordinaria para las escenas de sexo, solo que a veces parece dispuesto a tirarse a todo el Año Santo en un arranque de misticismo. Es fácil representarse al tal Camacho manoseando las tetas de Nina, que se le van yendo, libres de las ataduras de un sujetador, como no podía ser de otra forma en una feminista feroz que insulta al clero y escupe sobre las medallas de la Virgen que llevan los soldados de la División Azul. El hedonismo desatado está en las brigadas rojas, y Antonio, enfebrecido por aquellas visiones nocturnas y enloquecidas, acaba sucumbiendo –y aquí tiene mucho que ver su naturaleza callejera- a los encantos eróticos de Nina, una femme fatal dispuesta a fustigar con el látigo del relativismo a cada visitante accidental de su cama.

No haberme acabado el libro me obliga a ir terminando el artículo. No sé qué ocurre después, en la segunda parte; puede que Antonio, inocente desertor de su destino, termine por tirarse a un burro. O que Nina se convierta al catolicismo, que la recibiría con los brazos abiertos, a ella que tenía la entrepierna magullada por las frecuentes visitas nocturnas de las legiones armadas. En todo caso, si con esto a usted le da por leer Me hallará la muerte, espero que lo disfrute solo y febril, preferentemente en la cama, pues solo así comprenderá el éxtasis de Juan Manuel de Prada.